martes, 17 de marzo de 2009

3.5.5-El orden simbólico: violencia simbólica y habitus

Conviene introducir ahora el análisis del poder que hace Pierre Bourdieu a lo largo de toda su obra, y la articulación de dos conceptos básicos, el de violencia simbólica y el de hábitus. Bourdieu coincide con Foucault en que el poder fluye a lo largo de toda la sociedad, y conforme se va autolegitimando también se va institucionalizando. El poder y su producción de verdad se legitimiza mediante poderes simbólicos que Bourdieu denomina Violencia Simbólica.

¿Qué es la violencia simbólica? Con esta expresión Bourdieu intenta expresar el modo en que los dominados aceptan como legítima su propia condición de dominación. Y eso se consigue institucionalizando, es decir cosificando, o como diría Marx, en un proceso de fetichización, de la verdad instituida.

Como hemos dicho, Bourdieu comparte con Foucault su concepción de la ubicuidad del poder y la relación de este con la instauración de una determinada verdad histórica,
“En una sociedad como la nuestra, pero en el fondo en cualquier sociedad, relaciones de poder múltiples atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; y estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni establecerse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad en, y a partir de esa pareja” (Foucault, Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 147-148)

Toda sociedad esta atravesada por relaciones de poder en permanente conflicto, en constante estado de guerra, y toda verdad es producto del triunfo de una determinada situación histórica que saca esa verdad del flujo de la historia para cosificarla y hacerla parecer inmutable. Ese ocultamiento de las relaciones de fuerza que originaron esa situación fortalece el poder y favorece la asunción de la verdad oficial y sus dicotomías verdad-mentira.

Cuando la verdad se institucionaliza significa que se ha cosificado, que se ha sacado fuera de la relación de fuerzas que constituye la sociedad. En este sentido, que se ha ritualizado. La autoridad-verdad se traslada hacia un afuera, hacia una institución protegida ante los cambios de la lucha cotidiana. La institucionalización es pues una economía del ejercicio del poder, que le permite no derrochar en su demostración y auto validación continua.

Así que este poder simbólico no se ejerce sólo desde el gobierno o desde las instituciones. Es ejercido desde todo punto de la sociedad, puesto que la institucionalización de la verdad hace que ésta se naturalice en todo el cuerpo social, que está diseminada en su totalidad, de manera que oculta la realidad de las relaciones de fuerza y la forma en que estas se dan. Al ocultar la existencia de esa gestación relacional del poder, éste, a la par que el régimen de verdad y mentira que lleva aparejado se inmoviliza, se ritualiza, y por tanto no evoluciona.
Es decir, esa transmisión de la violencia simbólica, esa concreción de la ideología en los cuerpos, se hace a través del o que Bourdieu llamará la aceptación del orden de las cosas. Con tan solo nacer en un mundo social determinado se aceptan inconscientemente una serie de postulados que se naturalizan como habitus, que no requieren inculcacion activa al margen de ese orden de las cosas.

No se trata solo de la normalización ejercida a través de las instituciones como propondrá Althuser con sus Instituciones Ideológicas del Estado, sino también por lo que, en palabras del propio Bourdieu,

“la presión o la opresión, continuas y a menudo inadvertidas, del orden ordinario de las cosas, los condicionamientos impuestos por las condiciones materiales de existencia, por las veladas conminaciones y la “violencia inerte” (como dice Sastre) de las estructuras económicas y sociales y los mecanismos por medio de los cuales se producen” (Bourdieu, Meditaciones Pascalianas, Anagrama, 1999, Barcelona, pag. 186)

La forma de ritualización de los actos la denomina habitus que es la concreción en actos de cotidianeidad de formas de comportamiento social trasmitidas desde la ideología dominante, es decir, como la interpelación althusseriana, es un mecanismo de reproducción de estructuras mentales y sociales que se encarnan en actividades cotidianas. Las relaciones de poder ritualizadas, institucionalizadas, trasmiten esos habitus de comportamiento para que se reproduzcan.

Los diferentes habitus suponen una encarnación de disposiciones subjetivas que hacen que el sujeto piense el mundo de manera limitada, generando sus prácticas de modo condicionado. Esa incorporación del habitus se produce de manera no consciente, como hemos visto.

Para que esto suceda la Ideología dominante tiene que volver auto evidentes sus creencias, para imponerlas sin que se detecte esa imposición. Los mecanismos mediante los cuales se oculta esa violencia con la cual se imponen unas determinadas formas de actuación a la vez que se naturalizan como evidentes Bourdieu los denomina como “Violencia Simbólica” (Fernandez, 2005). Es decir, los distintos “habitus” cotidianos que los sujetos ejecutan como algo natural e incuestionable son impuestos mediante la institucionalización de las fuerzas en conflicto a través de la Violencia Simbólica. Con las palabras del autor,

“La violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente inculcadas” (Bourdieu, 1999: 173)

Los distintos habitus suponen una encarnación de disposiciones subjetivas que hacen que el sujeto piense el mundo de manera limitada, generando sus prácticas de modo condicionado. Esa incorporación del habitus se produce de manera no consciente
Hasta aquí parece que la visión de la imposición de una determinada verdad por parte de Bourdieu supone un universo cerrado del que es difícil escapar. A través de la violencia simbólica que oculta las relaciones de poder, y de la transmisión a través de instituciones como la escuela, los intelectuales o los medios de comunicación de los esquemas de percepción y evaluación que únicamente les permiten analizar el mundo social a través de clasificaciones naturalizadas, el sujeto parece encerrado en, como dice Emmanuel Terray, la prisión invisible, sin muros ni puertas, en la que fue encerrado el mago Merlín (“Sobre la violencia simbólica”, en Trabajar con Bourdieu, Universidad Externado de Colombia, 2005, 332).

Sin embargo, como dice este mismo autor, ofrece dos huecos para la resistencia: el primero, la propia división entre los dominantes que no forman un entramado monolítico; el segundo, la capacidad crítica, el desvelamiento, pues al desenmascarar las relaciones de poder que son origen de la verdad instituida, la violencia simbólica pierde su fuerza.

Este desvelamiento supone un análisis histórico de las relaciones de poder para desenredar la madeja de su constitución, y en este sentido se relaciona con el método genealógico de Foucault o la llamada a hacer una historia “a contrapelo”, para desvelar el punto de vista de los vencidos de Walter Benjamín. Incluso también con los intentos de Bajtin de llamar la atención sobre la invisibilización de la cultura popular por interés de las culturas dominantes o del análisis de los discursos de los dominados por James Scott.

Igualmente se relaciona con el concepto de crítica de Foucault, que es la fuerza, por el cual el sujeto, se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder y al poder acerca de sus discursos de verdad; “es el arte de la inservidumbre voluntaria” (Foucault,2004).

En definitiva, la caída del velo de Maia nietzscheano es una de las herramientas básicas de Bourdieu, desvelando las invisibilizaciones de las relaciones de fuerza y de poder que construyen una realidad social determinada y sus juegos de verdad, es decir, las asunciones básicas que suponen la aceptación de una determinada hegemonía ideológica.

Citando a uno de los colaboradores de Bourdieu, Robert Boyer, Bourdieu es paradójico, pues aunque “una lectura superficial sugiere una fatalidad de la reproducción social, de hecho todo el esfuerzo analítico tiende a la actualización de los factores de cambio y de transformación (…) Así pues, una de sus herramientas esenciales es precisamente la de recurrir al a historia para caracterizar las configuraciones contemporáneas y precaverse contra cualquier intento de naturalización” (“El arte del yudoca”, Robert Boyer, en Trabajar con Bourdieu, Universidad Externado de Colombia, 2005, 300-301).

Por otro lado, hemos visto también que en Bourdieu la institucionalización de arbitrarios naturalizados a través de la educación o del propio orden de las cosas es básica par que se produzca ese ocultamiento que favorece y potencia el poder y el sometimiento de los dominados.

En esta sociedad posmoderna en donde el poder se imbrica relacionalmente a lo largo de todos los nodos de la sociedad, donde en cada uno de estos hay un microconflicto político entre reproducción y producción social, entre poder y resistencia, en donde el biopoder se ejerce como biopolítica, llegando a las parcelas mas íntimas y a todos los ámbitos de la sociedad, en donde la violencia simbólica, el poder simbólico, institucionaliza los comportamientos y los modos de vida concretados y corporeizados en determinados habitus, el cambio social solo es posible transformando las instituciones que reproducen esos arbitrarios.

“El humanismo consiste en querer cambiar el sistema ideológico sin tocar la institución; el reformismo en cambiar la institución sin tocar el sistema ideológico. La acción revolucionaria se define por el contrario como una conmoción simultánea de la conciencia y de la institución; lo que supone que se ataca a las relaciones de poder allí donde son el instrumento, la armazón, la armadura” ((Foucault, Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 42).

Toda posibilidad de transformación social pasa, por lo tanto, por el cambio de las instituciones que se encarnan (en el mismo cuerpo del sujeto) en los habitus. Estos son la clave del lazo social, los “nudos que va uniendo los hilos de la red” (Hugo César Moreno, “Bourdieu, Foucault, y el poder”, http://www.uia.mx/actividades/publicaciones/iberoforum/pdf/hugo_moreno.pdf, pag 9)

Pero como sabemos desde Foucault, todo poder va unido a una posibilidad de libertad y a un conflicto entre fuerzas, entre reproducción / producción, entre poder y resistencia.

Por lo tanto, el habitus que es para Bourdieu, “Instrumento fundamental de la continuidad histórica, la educación, considerada como proceso a través del cual se realiza en el tiempo la reproducción de la arbitrariedad cultural mediante la producción del habitus, que produce prácticas conforme a la arbitrariedad cultural” (Pierre Bourdieu, 1977, La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza, Laia, Barcelona, pag. 73), es a la vez creación y creativo pues es la introducción de arbitrarios, de verdades, en el individuo, lo que va provocando un movimiento de desgaste, una serie de grietas que permiten que, se vayan aflojando los lazos y que a la vez que se reproduce la realidad social se produzcan transformaciones debidos al reflujo de la resistencia. Como vimos que ya expresó Althuser y Negri, las grietas, las fisuras en la reproducción de la realidad social, los márgenes de la sociedad, son el terreno donde la resistencia puede aprovechar las grietas para actuar.

3 comentarios:

  1. Excelente texto. Entendible, breve y bien argumentado.
    Lety PG

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  2. Hola,
    Hasta ahora no habia visto tu comentario. La verdad es qu tengo un poco abandonado el proyecto.

    Muchas gracias por tus palabras

    JL

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  3. Extraordinaria comprensión de los conceptos de Bourdieu, mas la relación que le das con los textos de Michel Foucault. Felicidades.Anamar

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